Descubre las consecuencias de no usar la disciplina, el costo de esa osadía y cómo corregir las consecuencias de esta conducta.

La Discplina

Costo de la disciplina

Cómo evitar las consecuencias de la falta de disciplina

Adela llegó temprano a la cita, en esta ocasión la puntualidad un rasgo distintivo de la disciplina se hacía evidente, la mentablemente esta vez, no en todo. El café como siempre se adornaba de aromas, con ese ambiente taciturno, iluminado de luces suaves, con música a bajo volumen que invita a la lectura, la reflexión, la conversación extensa. Adela es una mujer que ya pasa los 40 años. Es una mujer hermosa y elegante. Ella impacta con su sola presencia, camina erguida, segura y su forma de ser espontánea, extrovertida capta rápidamente la atención y la vuelve el centro de las miradas.

En la mesa de aquel café ahora está sola. Con su elegancia característica, pareciera que esa personalidad magnética, sostenida en su seguridad, se ha diluido. Su cabello castaño ondulado, cae hasta la parte baja de su espalda. Lleva una camisa blanca de suave tela, un cinturón negro brillante que guarda su camisa y su falda también negra que termina un poco antes de sus rodillas. Sus zapatos negros de tacones altos son brillantes como su cinturón. Su mirada se incrusta en el suelo, mientras sostiene sobre su regazo el pequeño bolso también negro como su cinturón y sus zapatos. Sentada, agarra su bolso con sus dos manos, como se sostiene alguien de un salvavidas cuando su vida está en riesgo.

Indira interrumpió sus cavilaciones con su típico “hola” espontáneo, y le dio un beso en su mejilla.

Indira es amiga de infancia de Adela. Son de esas amistades que soportan la prueba del tiempo, la distancia, los dolores, los problemas, los estilos de vida, las historias de cada una y entonces después de tanto, llega un momento en que en el interior, sabes que una amistad así, tiene un sello de “para siempre”.

Indira es una mujer descomplicada. Venía del gimnasio. Sus mejillas aún tiene ese rojo brillante producto de una extenuante jornada de ejercicios. Trae una camisa fucsia que dejaba ver levemente su vientre, un pantalón (licra) negro ajustado al cuerpo para hacer deporte que acababa antes de sus tobillos. Traía unos zapatos deportivos del color de su camisa, y unas medias que apenas se dejaban ver en sus zapatos. En la frente lleva una balaca de color blanca para contener el sudor, y su cabello negro largo lo trae amarrado, haciendo la forma de una cola de caballo.

Son las 9 de la mañana. Indira luego de saludar comenzó a hablar efusivamente al ver a su amiga de antaño, pero al poco tiempo de conversar notó que algo no andaba bien. Adela comenzó a llorar.

Indira la desbordó con preguntas que saltaban una tras de otra. Qué pasa. tu esposo, los niños, el trabajo, tu salud. ¡Qué pasa!, dime.

Adela rompió en llanto, ese llanto que se atraganta en tu garganta, se interpone en tu respiración y no te deja hablar. Ella abrió su bolso y tomó un pañuelo con urgencia para secar sus lágrimas que parecían no detenerse. Su amiga acongojada se solidarizaba, apremiada por la incertidumbre.

Por fin pudo tomar un poco de aire, y Adela dijo: Estoy mal.

Su actitud era de sumisión, de derrota. No levantaba su mirada, esquivaba los ojos de su amiga, seguía sosteniendo su bolso, como si fuese su garantía de seguridad. Indira vuelve a preguntar, qué pasa.

Cuando Adela dice que se quedó sin trabajo, Indira se sorprende. Eso es imposible, piensa ella. Adela es la estrella de su empresa. Cuando comenzó en esa organización en el área comercial, sus resultados fueron tan sorprendentes que comenzó a escalar rápidamente hasta llegar a ocupar uno de los más altos cargos de la empresa. Tenía más de 15 años trabajando en ella, y resulta inverosímil que una historia se acabe así nada más.

En medio del desconcierto, Indira escucha como la empresa en procesos de restructuración cerró oficinas en diferentes partes del país, entre esas la sucursal de esta ciudad, la ciudad de Indira, de Adela. No hubo posibilidades de traslados, y con un simple, “gracias por sus servicios prestados” cerraron una trayectoria de muchas personas que se quedaron sin su trabajo.

Lo que más sorprendió a Indira fue que eso sucedió hace más de tres meses, y Adela estaba allí frente a ella, vestida como cuando iba a trabajar. Por no generar más preocupaciones en un matrimonio que pasaba ya por dificultades, no le contó nada a su esposo, y todos los días salía a su trabajo. ¡Cómo!

¿Sales todos los días a trabajar?, ¿para dónde te vas?, ¿qué haces en todo ese tiempo que estás fuera de casa?, espera, ¿tienes dificultades en tu matrimonio?, ¿tú?, ¿cómo así?

Eran demasiadas confesiones de una persona que parecía tener la vida perfecta. Pero las confesiones no terminaban allí. Entre sollozos, y respiración entre cortada con lágrimas que Adela contenía con su pañuelo, insinuó tener problemas económicos que le quitaban su tranquilidad, y ya no sabía qué hacer. En esos días largos que se paseaba por museos, bibliotecas, parques cuando su esposo creía que estaba trabajando, estaba según dijo, por perder la cabeza. No tenía ahorros, su dinero se había acabado hace mucho.

Ahogada entre acreedores, mentiras, apariencias sentía que había echado la vida por la basura, por andar viviendo un espejismo. Por qué no lo vi antes, decía una y otra vez en tono de reproche.

Nunca ahorré, nunca pensé en mi futuro. Mi trabajo, los viajes, las juntas, las comisiones, los reconocimientos, las relaciones públicas, la presencia en medios, los aplausos, los halagos, terminé confundiéndome creyendo que ese estilo de vida, era mi vida. Lo reconozco, me volví arrogante, displicente y puse en primer lugar mi trabajo, las ganancias, el reconocimiento pero sobre todo y ante todo, era el estilo de vida que me hacía sentir una celebridad lo que hizo que me perdiera en el glamour de lo poco serio, y nada estable. Marlon ha sido un buen esposo, pero estoy segura que está cansado, fatigado de mis ausencias. Sé que me ama, y yo lo amo, pero me descuidé por poner mi mirada en otras partes, y descuidando otras áreas de mi vida que di por obvias. Como si la vida solamente fuera unas cosas nada más, y las otras no, ignorando que es un todo, y no solo unas partes.

El joven que atendía la mesa trajo el segundo café a petición de Indira que ya tenía sus mejillas en su color habitual, su cuerpo se había aclimatado.

Indira estaba en silencio. Las palabras se las había tragado la sorpresa. Adela, la mujer que estaba en frente, distaba mucho de ser la persona que ella conocía, ella siempre lucía como una extraordinaria mujer, pero hoy dejaba entrever la realidad, una realidad que muestra a un ser humano común y corriente, y que demuestra que nadie está exento de que nuestras elecciones traerán tarde o temprano, consecuencias. No importa quien seas, o qué hagas, tus acciones tendrán consecuencias, y estas determinarán tu futuro, tu destino.

¡Cómo no me di cuenta! Repetía Adela cuando interrumpía sus propias frases a la mitad, e Indira debía hacer un esfuerzo para no perder el hilo de lo que estaba diciendo.

En un momento por fin levantó su cabeza y miró fijamente a los ojos de su amiga. Por fin desde que Indira llegó, sus miradas ahora se cruzaban, mirándose la una a la otra. Adela con sus ojos rojos e irritados, evidencias de sus lágrimas que contenía con dificultad, se inclinó hacia adelante, y levantándose un poco agarró entre sus manos, las manos de Adela, apretándolas suavemente, y acercándose a ella le dijo que actuara con precaución, que no permitiera que los espejismos, que la adulación, la gratificación del momento le hicieran perder de vista que el futuro sí existe y que tarde o temprano en ese mañana, recogeremos las consecuencias de nuestros actos de ayer.

No podemos actuar en la vida como si estuviésemos a la deriva, flotando pasivamente y yendo para donde las circunstancias nos digan, sin saber a dónde iremos a parar. Debemos ser responsables, pues al fin y al cabo el futuro va a llegar y si no fuiste responsable, podrás ver con desagrado que tus acciones afectaron tu destino. No podemos seguir diciendo que queremos otra cosa, que queremos una vida distinta de la actual, o una mejor, y acto seguido te pierdes en conductas que sólo satisfacen tus caprichos del momento, y que para nada te van a conducir a esa vida que supuestamente anhelas. No puedes despilfarrar tu dinero, tu tiempo, tus momentos, no puedes despilfarrar a las relaciones que tienes con las personas que amas por atender tus antojos caprichosos. No puedes descansar en otros la responsabilidad de tu desarrollo personal, profesional, económico con la esperanza de que ellos hagan por ti, lo que tú deberías atender por tu cuenta. Al fin y al cabo, la única persona que siente tu vida como la sientes tú, eres tú. No puedes delegar tamaña responsabilidad en alguien más.

No puedes engañarte mientras te miras al espejo diciendo que afortunada eres, cuando al final del día, son las circunstancias las que obran en ti. Los niños son niños, pero un adulto que se comporta como uno es infantil, inmaduro. No puedes feriar tu vida al impulso del momento, no puedes sacrificar tu vida por no haber tenido un objetivo que la construya como quieres, por la falta de disciplina, por la falta de compromiso y de trabajo por hacer ese objetivo realidad.

No seas tan dura contigo – atinó a decir Indira mientras terminaba su segundo café.

Muchas veces me dijiste que me admirabas por ser como soy, por lo que había logrado en la vida. Sé que cuento con habilidades, y voy a salir adelante. Dijo esto mientras se levantaba del puesto e Indira la seguía con su mirada.

¿Qué vas a hacer?

Voy a hablar con mi esposo, dijo Adela. Yo tengo la capacidad de actuar, y lo voy a hacer. Llevo meses golpeándome, recriminándome, ese ha sido mi modo de actuar, un modo de actuar que no me lleva a nada, solo a empeorar las cosas. Voy a reconstruir, a retomar las cosas que abandoné hace tanto tiempo, y voy volver a empezar. Sé que serán unos meses, o quizás unos años difíciles, pero voy a volver a retomar. Me voy a encontrar con mi futuro y me voy a ver cara a cara en él, y quiero decir que tomé las decisiones correctas, que usé el poder que representa poder elegir y actuar en consecuencia.

Cuando te dejas llevar, cometes un gran error, y yo no lo voy a volver a cometer. Mira a donde me trajo. Yo escojo mi destino, escojo para donde voy y voy a respetar esos anhelos que siempre he tenido conmigo y que los guardé asfixiándolos, por el estilo de vida que me estaba dando. Saber lo que quiero me dará la capacidad de soportar estos momentos y enfrentarlos con valentía, seré inteligente, escogeré mis actos, mis conductas, mis decisiones de a diario.

Adela comentó: Este café ha sido testigo de nuestras risas, nuestros sueños, nuestros anhelos, y de tantas historias que nos hemos contado. Indira sonrió. Debemos volver, y seguro volveremos a esas historias, a sonreír, a hablar de sueños, de realidades.

Gracias por escucharme, dijo Adela mientras le sostenía la mano a Indira que seguía sentada. Adela ahora sonreía. Le dio le dio un beso en la frente a Indira, se dio media vuelta y se retiró mientras avanzaba hacia la puerta de salida.

Adela tu pañuelo, le dijo Indira, no lo dejes.

No lo pienso llevar, respondió Adela, ya en la puerta. No vuelvo a llorar. Me voy a salvar mi vida, dijo esto mientras cerraba la puerta al salir.

Autor:
Héctor Leonardo Mora Santiago
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Los nombres de los personajes que aparecen en esta historia son solo producto de la imaginación del autor, y no corresponden a nadie en la realidad. Cualquier parecido es pura coincidencia

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